martes, 30 de junio de 2015

Fin de fiesta


¡Tranquilos todos y todas, cientos y miles de lectores de "El Diluvio"! No hay un nuevo capítulo de esta magna obra: ya habéis conocido el fin. Sólo me presento aquí de nuevo para agradeceros de todo corazón vuestra fidelidad lectora: sé que teníais todos mejores cosas que hacer y sin embargo, habéis perdido el tiempo leyendo una novela inédita de un escritor desconocido...

Gracias, amigos/as,  sólo puedo daros las gracias a todos los que habéis seguido y leído el transcurrir de esta novela a lo largo de las últimas semanas y meses. Podéis sentiros como los pioneros que desbrozan la selva virgen o acometen los hielos en el lejano Norte: seguramente no sobreviviréis para contárselo a nadie, peo eso no mengua vuestra gesta.

Me duele en el alma recordara todo aquél que quiera  plagiar esta novela o parte de ella que esta obra está inscrita en el Registro General de la Propiedad Intelectual del Reino de España con el número de asiento 09 /2011/ 1327... lo siento, pero esto es lo que hay. De todas formas, os aviso que las editoriales españolas no parecen demasiado interesadas en tan primorosa prosa... (ellas se lo pierden).

Gracias y mil gracias de nuevo y hasta pronto. 

jueves, 25 de junio de 2015

Capítulo 62: Subían la escalerilla a oscuras...


62

         Subían la escalerilla a oscuras, por lo que Beira, que iba delante, avanzaba con un cuidado extremo para no tropezar con algún escalón e incluso se detenía de tanto en cuando, de golpe, para palpar a su alrededor si lo consideraba necesario. Pero cada vez que ocurría eso, puesto que era algo que efectuaba sin previo aviso, Gabriel, que venía detrás, se topaba de cara con el trasero del enterrador, accidente que no resultaba del agrado de ninguno de los dos (menos aún del muchacho, es de suponer). Al final, Beira acabó por protestar, quizás sin razón, pero con no poco convencimiento:
_ Vigila lo que haces, rapaz, que éstos no son modos –le advirtió, en tono serio-. A ver si vamos a tener un malentendido…
         Gabriel no quiso replicar. Al pavor a verse detenido por complicidad en el atentado del Teatro –o por la muerte de Urbide, lo que le resultaría todavía más difícil de explicar- le contravenía la incomodidad, cada vez más evidente, de tener que huir con aquel sujeto y, por tanto, ver unido su destino al de él. Por suerte, comenzó a vislumbrarse una indecisa claridad en lo alto de la escalera y, al final, apareció el vano de una puertecita, sin hoja alguna, que daba al triforio. Éste consistía en una galería estrecha y algo torcida, con un muro de sillería a un lado y una balaustrada de enrevesada tracería al otro, cabalgando sobre la nave central del templo. Los dos fugitivos salieron a ese pasadizo agachados, porque doce metros más abajo pululaban las cabezas de las decenas-o cientos- de ciudadanos que abarrotaban la catedral y, previsiblemente, también de los policías que habían ido en su búsqueda.
_ La entrada a la torre está allá, al otro lado -señaló Gabriel al sepulturero. Éste gruñó, por toda respuesta, y comenzó a gatear con suma cautela y sin mirar hacia abajo, pues no le gustaban las alturas. Detrás comenzó a moverse el muchacho, aunque él sí que le echaba, de vez en cuando, ojeadas a lo que sucedía en la nave, a través de los huecos de la tracería: allá abajo ondulaba el mar de cabezas de la gente, quizás con más agitación que antes, aunque la música había cesado ya. Pero por la puerta de la catedral había entrado un pelotón de guardias, acuciados por el deán para poner un poco de orden, aunque fuera de mala gana, en todo aquel batiburrillo.
         Sin poder frenar su curiosidad, Gabriel se detuvo para otear la catedral en busca de Ágata. No dio con ella hasta que por detrás del coro de los canónigos, vio moverse la patulea multicolor del circo Goldoni. Sin poder evitarlo, se incorporó  para observar mejor y, por fin, le pareció encontrar a la joven, que se dirigía hacia la salida de la catedral, riendo en medio de aquel grupo de saltimbanquis y payasos. Pero lo que le alarmó al muchacho fue que Ágata no estaba siendo escoltada por Necrosio, como hubiera sido de esperar, sino por la figura aceitosa y esquinada de Slim, la serpiente. Por un momento, Gabriel pensó incluso en saltar por encima de la balaustrada, en lanzarse sobre la multitud, confiando en que ésta le sirviera de colchón, con tal de poder acercarse a Ágata, decirle que lo único que él quería era quedarse con ella, aunque fuera para servirle de pasatiempo, de bufón, si no había más remedio, con tal de que le permitiera marchar a su lado, adónde fuese, a limpiar el estiércol de las fieras del circo, si era necesario…
_ ¡Agáchate, rapaz, que nos verán! –alguien tiraba de su ropa con insistencia, tratando de hacerle volver al suelo. Gabriel miró y se dio cuenta de que era el sepulturero, con cara de muy pocos amigos, quien lo estaba haciendo-. ¿Estás tolo o qué?
_ Espera… -rogó todavía el chico, tratando de vislumbrar a Ágata, que ya se le escapaba entre el gentío. Lo último que pudo ver de ella fue el reflejo de una sonrisa y la agitación de su cabello, animado por una carcajada. Gabriel sintió el impulso de zafarse del agarre para correr tras ella cuando, de pronto, Beira le soltó y se acuclilló contra la pared del triforio.
_ ¡Zas, ya me vio! –exclamó, con tono desolado-.¡Ya me vio, maldita sea mi estampa!
_ ¿Quién? –preguntó Gabriel, agachándose también él, al fin, por precaución.
_ ¡El sucomisario ése, carallo! –aclaró el enterrador, quejumbroso-. Estaba ahí abajo y alzó la cabeza justo pa verme, me cago en mi sombra… ¡Y todo fue culpa tuya, rapaz!
         En efecto, el subcomisario Feijóo, que junto a sus agentes trataba de registrar el abarrotado templo en busca de Cordero, con resultados poco halagüeños, hasta el momento, había levantado la mirada al percibir cierto movimiento allá arriba, en la galería que circundaba toda la nave. Para su sorpresa, le pareció ver una especie de forcejeo entre un individuo de aspecto juvenil, cuyas facciones no le sonaban en absoluto, y otro que tiraba de él hacia abajo, y en cuyo rostro crispado creyó reconocer la catadura, demasiado vista ya, de Ramón Beira, el enterrador. No puede ser, se dijo el subcomisario, otra vez me tengo que encontrar a este majara… Ciertamente, el tipo estaba en busca y captura desde que se había escapado del cementerio, pero Feijóo, después de todo lo ocurrido en los últimos dos días y, sobre todo, tras las últimas horas, agotadoras, en las que había peinado casi toda la ciudad –al menos, la que aún permanecía emergida-, en busca del fugitivo de la mansión de Urbide y sus posibles cómplices, no tenía la menor intención de perder el tiempo, y las escasas fuerzas que todavía le mantenían en pie, corriendo detrás de un tipejo que, además, él sospechaba que era inocente; inocente de un crimen que ni siquiera había sucedido, por otra parte… Por un momento, no obstante, tuvo la tentación de enviar arriba a alguno de sus agentes a echar un vistazo, más para evitar futuras sorpresas que por otra cosa, pero al recordar la marabunta humana que les rodeaba y entre la que podía ocultarse el sospechoso que le interesaba más atrapar, desechó la idea.
_ Que se vaya al infierno el enterrador -musitó Feijóo y, encarando la multitud ingente que aún debía escudriñar y cribar, remachó, con desánimo-: Y ojalá se fuera al infierno, también, esta maldita ciudad…
         Pero de la indiferencia del subcomisario no tenían ni idea los fugitivos del triforio y Beira, sobre todo, se había alterado todavía más, hasta un punto peligroso.
_ Mira, rapaz –le susurró al chico con voz de serrucho, mientras le aferraba el cuello con una mano callosa-: tú me metiste en este lío, ¿de acuerdo?, pues como no encuentres una salida, te juro por tós los mortos que enterré en mi vida que, antes de que me atrapen, te tiro a ti baranda abajo, ¿entendiste? Pues empieza a pensar algo, y rápido…
         Gabriel asintió, aterrado, aunque aún tuvo la suficiente presencia de ánimo para quitarse de encima la zarpa del enterrador –con suavidad suma, eso sí, y sin avivar la mirada, no se lo fuera a tomar a mal el tipo y decidiera apretar el agarre-, antes de que se le ocurriese una solución al lío en el que, efectivamente, se habían metido.
_ Tenemos que volver por donde hemos venido –el muchacho señaló hacia la puerta del triforio-; ¿no te has fijado que las escaleras seguían subiendo? Eso es que hay otro pasadizo, más arriba… por ahí podremos escaparnos… creo yo.
         Beira le miró sin ocultar su desconfianza, pero acabó por asentir con un gruñido. Tampoco le quedaba otra opción.
_ Está bien, pero yo aviso: con este porco acabáse a matanza… -masculló-. O comienza, eso ya se verá…
         Los dos gatearon por el triforio, de vuelta a la puerta. Para alivio de Gabriel –pues tampoco estaba tan seguro de lo que había visto-encontraron un nuevo tramo de escalones que se perdían, enroscándose como la concha de un caracol, en la oscuridad. Subieron a tientas, sin saber adónde irían a parar, pero sin detenerse tampoco a considerarlo, temiéndose escuchar, en cualquier momento, los pasos de los policías pisándoles los talones. No se llegó a oír nada, sin embargo, y cuando se encontraron al final de la escalera, el silencio sólo era rasgado por el rumor de unos chorretones de agua cayendo sobre la piedra. Lo que contemplaron allí les dejó perplejos (o adivinaron, más bien, pues el lugar se encontraba sumido en una penumbra casi absoluta, rota de tanto en cuando por la claridad grisácea que, junto a los chorros de agua, entraba por los boquetes y rendijas de lo que parecía la techumbre de la catedral): ante ellos se extendía una inmensa sala, tan grande, en apariencia, como la propia nave de la catedral, ocupada en toda su extensión por una serie de montículos, regulares pero no demasiado elevados, que sobresalían como las gibas del lomo de algún engendro monstruoso. Entre tales protuberancias relucían, aquí o allá, los regatos del agua que se  filtraba desde el tejado.
_ Oye, tú, ¿y esto qué es? –inquirió el sepulturero, escamado.
_ Yo… supongo que son las bóvedas de la nave principal –respondió Gabriel, algo titubeante-, la parte de arriba, quiero decir…
_ Entonces, ¿si ahora este piso se rompiera, caeríamos sobre a xente que está ahí debajo, dentro de la catedral? –preguntó Beira, que se había sentado sobre una de aquellas jorobas, que no eran, por tanto, sino el envés de la plementería.
_ Me parece que sí.
_ Pues vaya, rapaz… menudo negocio que hicimos –el enterrador contempló con cierta aprensión el suelo donde se apoyaba, pero no se levantó-: De la sartén al fuego, como se dice por ahí…
_ Puede ser, pero en este sitio no creo que nos encuentren –replicó Gabriel, cansado ya de las continuas objeciones que ponía Beira-. Además, yo creo que tiene que existir otro acceso a este sitio desde la torre. Si la encontramos, podríamos escapar por allí… Aunque tal vez prefieras quedarte aquí arriba…
_ ¿En este muladar? De eso ná, rapaz; no me hace gracia estar sobre el techo de la iglesia, no vayamos a tener un disgusto…
_ En realidad, son las bóvedas, no el tejado… ¿Ves?: estos abultamientos deben de cubrir las nervaduras…
_ Lo mismo da… nos largamos en cuanto recobre el aliento, ¿de acuerdo? No tengo costumbre de subir escaleras…
         El chico no contestó nada y se limitó a sentarse también él sobre la bóveda, junto al enterrador. Aquella situación –todo lo que le había ocurrido últimamente, en realidad- le parecía tan irreal como lejana la vida que había llevado antes de aquel verano lluvioso y agónico. Una vida, por otra parte, que entonces no le había resultado menos irreal que el momento que estaba viviendo ahora, aunque debía reconocer que el rizo, quizás, ya se estaba enroscando demasiado: escondido sobre las bóvedas de la catedral, en compañía de un sepulturero que bien podría ser un asesino, él mismo cómplice de otro asesinato… ¿Todo aquello tenía algún sentido?
_ ¿En qué piensas, chaval? –le preguntó Beira, de improviso. Su voz sonaba más relajada, una vez que parecía que habían despistado a los policías (o quizás fuera el efecto sedante de la penumbra y el sonido del agua colándose entre las tejas y escurriendo sobre las gibas de piedra)-. ¿En la moziña que se te escapó allá abajo? No te molestes en lamentarlo, compadre: esa niña no era para tí…
_ ¿Y tú qué sabes? –Gabriel no quería pensar más en Ágata, prefería tener su imagen, su nombre, bien amortiguados por las necesidades de la urgencia, pero le sublevaba oír hablar de ella a Beira con tanto aplomo como desconocimiento. Como respuesta, el sepulturero meneó la cabeza, conmiserativo, aunque el chico apenas podía distinguir su expresión, en aquella semioscuridad.
_ No lo digo como un desprecio, ¿eh?, no te lo tomes a mal, pero mira, si esa moza no está ya contigo agora mesmo, será porque ella no quiere… Mira, rapaz –continuó explicando Beira-, por más que tú o cualquier otro sus empeñéis, coas mulleres no hay manera de acertar. ¿Y sabes porqué lo sé’ Porque nunca tuve muller, ni novia, ni nada parecido… ¿Lo ves? Yo creo que la culpa fue de mi oficio, que sempre parecióles un poco repunante a las mozas… ¿Tú qué crees?
_ …
_ Pues ya te digo, ni siquiera estuve nunca en amores… pero por eso, precisamente, conozco mejor a las mulleres que tós ésos que presumen de donjuanes, porque yo las ví sempre desde lejos, sin dejarme onubilar por sus encantos… ¿Se dice asín?
_ No lo sé.
_ En fin, los donjuanes te dirán que pa que una rapaza te haga caso, has de ser atento con ella, o facer tó lo que te pida, o… qué sé yo, molerla a palos a la primera de cambio… pero mira, compadre, yo te digo que todo eso no sirve de ná, ¿sabes por qué?
_ Ni idea –murmuró Gabriel, cada vez más fastidiado con aquella charla.
_ Porque as mulleres son la prueba que nos dio el Deu do ceo para mostrarnos que es Todopoderoso y Eterno, como dijo el padre Balbino, y además, que Su Voluntad es inescrutable, que significa que nadie sabe lo que quiere. Aunque yo te aseguro, rapaz, que lo que busca es hacernos la pascua… Por eso dije que la moza no era para ti. Ésa la puso Deu antes tus narices pa hacerte saber que, por mucho que pelees, te esfuerces o te arrastres, nada será que Él no quiera. ¿Entendiste?
Gabriel no contestó al sepulturero, harto ya de tanta verborrea, así que se incorporó, sacudió la culera de sus pantalones y señaló hacia donde podía estar la otra entrada a ese lugar. 
_ Vámonos ya –musitó, y echó a andar, con la cabeza gacha (pues la techumbre se encontraba no mucho más arriba), bordeando con cuidado las jorobas de las bóvedas, y vigilando, sobre todo, donde ponía los pies. El sepulturero sacudió de nuevo la testuz, como pensando en lo que duelen las verdades, pero no replicó, sino que se levantó, también él, y más inclinado aún, casi a cuatro patas, comenzó a seguir al muchacho.
         Avanzaron así durante un buen rato, sorteando regueros y esquivando goterones (y sin poder evitar algún que otro tropezón), hasta que, al otro lado de aquel desierto que componían las bóvedas, allí donde, en principio, debía de erigirse el campanario, les pareció adivinar la abertura de otra puerta. Hacia allí se encaminaron, con mayor o menor soltura, y al llegar a ese punto se encontraron con que, en efecto, había una puerta, pero esta vez con una hoja de madera cerrando el paso.
_ ¿Está pechada, rapaz? –preguntó Beira, al ver que el chico trataba de manipular la cerradura, de manera infructuosa-. Tú déjame a mí… quita de en medio.
         El hombrón se tiró de espaldas en el suelo, frente a la puerta y después, doblando las piernas para que actuaran como un resorte, comenzó a soltarle coces a la hoja con sus recias botas de enterrador. El muchacho se alarmó con los golpes, pensando que aquélla era la mejor forma de llamar la atención de los que pudieran buscarles, pero tampoco se decidió a hacer algo al respecto. Le daba  ya lo mismo, en realidad. Por último, se oyó el crujido de la madera y la puerta se abrió, como si la hubiesen forzado con un ariete.
_ ¿Viste… chaval? –señaló Beira con orgullo, mientras se levantaba y trataba de recuperar el aliento-. Eu… sempre lo dije: no hay nada… nesta vida… que no pueda resolverse… a patás…
Sin hacer comentario alguno, Gabriel salió, por fin, a la escalera de la torre. Aquello ya era un territorio conocido para él, así que pudo guiar sin problemas a Beira hacia arriba, hacia donde señoreaban las campanas. Habían salido a un tramo ya bastante alto, por encima de las estancias donde zureaban los palomos, por lo que no les llevó mucho tiempo remontar la escalera de caracol –una más, pensó, Beira, fastidiado-, hasta que pudieron asomar la cabeza por la portilla que se abría en el mirador del campanil. No había nadie allí, así que salieron al exterior, a la luz indecisa de  esa mañana lluviosa, como todas desde hacía ya demasiado tiempo. Sobre sus cabezas pendían las campanas, silenciosas y relucientes.
Gabriel dio unos pasos, hasta llegar a la albardilla de la balaustrada. Se apoyó sobre ella y miró hacia fuera. Ante él se extendía toda la ciudad: la que permanecía emergida, con las casas agolpadas sobre la colina de la parte vieja, como las rocas de un espigón, pero también las partes que habían sucumbido al avance de las aguas, con los edificios más altos sobresaliendo y formando un archipiélago discontinuo y vacilante. Una bruma gris lo envolvía todo, en especial los barrios que se encontraban más allá de lo que había sido el río, aunque en esas zonas tan sólo se podían distinguir ya las moles de La Metalúrgica y la fábrica de caucho, fantasmas herrumbrosos de un pasado tan reciente que parecía no haber sucedido nunca. Por doquier, además, se distinguían puntitos que avanzaban sobre las aguas con cierta dificultad, algunos, con más ligereza otros: se trataba de las embarcaciones, balsas o incluso simples flotadores con los que la población iba huyendo, poco a poco, de la ciudad. El muchacho miró entonces hacia abajo, hacia los pies de la torre y comprobó que el campamento de la noche pasada, sin embargo, todavía permanecía allí, e incluso su población se había incrementado con los refugiados que habían salido de la catedral, obligados por los guardias. Muchos, sin embargo, se estaban alejando ya por las calles adyacentes, en busca de algún medio de salir de la ciudad o de un cobijo más apetecible. Gabriel oteó un buen rato, tratando de distinguir algo entre aquellas figuras diminutas como los insectos que salían pululando cuando levantaba un pedrusco del bosque, allá en su pueblo. No pudo encontrar ni rastro de los miembros del circo, aunque algunos carromatos todavía estaban en la plaza, y mucho menos llegó a vislumbrar a Ágata.
_ ¿Ves lo que te dije? –oyó que comenzaba otra vez Beira, que se había apoyado en la balaustrada, a su lado-. Todo este desastre no puede ser casualidá, ni que los desinios del Señor sean inescrutables, como afirman los curas… Éste es el castigo que nos cayó simplemente por existir o pa demostrarnos quién es el que manda… Si no, no se explica tan mala sangre, ¿no te parece?
_ Puede ser –musitó el chico, que no le hacía demasiado caso a su interlocutor.
_ Ya te lo digo yo, rapaz, tú hazme caso… -el sepulturero, aquejado de un ligero vértigo, se sentó por si acaso en el suelo, apoyando la espalda en la balaustrada, pero sin callar-: En fin, al menos aquí estaremos tranquilos un ratiño, espero… Aluego ya pensaremos dónde podemos ir… Tú, chaval, ¿qué piensas hacer?
         Gabriel se encogió de hombros, sin mirar al enterrador.
_ No lo sé –declaró-. Pero tampoco me importa.
         Era cierto. De pronto, le había sobrevenido una sensación de libertad como no conocía desde hacía mucho tiempo, quizás desde su primera infancia, ya olvidada; e incluso podía ser algo que no hubiera experimentado nunca. O tal vez no fuera sino un efecto euforizante de las alturas, pero eso, qué más daba… La cuestión era que se sentía capaz, a partir de ese momento, de hacer cualquier cosa que se le antojase: quedarse con Beira en aquel campanario, hasta que tuvieran que huir de la policía saltando por los tejados de la ciudad, por ejemplo; o volver a su casa a soportar las locuras de su familia, o salir corriendo detrás del circo para retomar su tira y afloja con Ágata, adónde fuese que aquella obsesión les llevara… Podía hacer lo que fuera, sin preocuparse de las consecuencias. En cualquier caso, pensó,  seguiría lloviendo.


        




martes, 23 de junio de 2015

Capítulo 61: Únicamente la luz de un solitario quinqué...


61


         Únicamente la luz de un solitario quinqué, perdido en el despacho del alcalde, iluminaba la enormidad del edificio consistorial. La araña de cristal que pendía sobre la escalinata principal estaba apagada, como solía ser habitual, pero esa noche tampoco se habían encendido las bombillas eléctricas que alumbraban los despachos de los oficinistas y que éstos, a menudo, se abstenían de apagar, por desidia o por rencor hacia la institución que debía sufragar la factura de la luz (y que también pagaba sus modestos emolumentos). También se encontraban apagados los apliques que solían iluminar las dos alas de la escalera, los corredores superiores y la Sala de Juntas, que, inmersa en esa tiniebla, adquiría un tacto grimoso, entre el gastado terciopelo de los respaldos y el barniz pringoso de las madera de las mesas y los brazos de los escaños. En el Salón de Quintos la negrura ocultaba, por otra parte, el desastre sucedido: mesas y butacas volcadas por el suelo, los retratos de los antiguos próceres rasgados o descolgados de las paredes. Un cristal roto, con los pedacitos de vidrio alfombrando el suelo…
         La biblioteca de la planta baja, además de a oscuras, se encontraba inundada y en el agua flotaban, como los cuerpos de los ahogados en un naufragio, tomos amarillentos que aburrían las crónicas de la ciudad o los viejos censos de alfoz, y costeaban los muebles, los archipiélagos de legajos del cercano archivo o el cuerpo abatido de don Jacobo Mateu, boca abajo contra el agua, inmóvil ya  como un escollo en el que se rompen las mareas.








domingo, 21 de junio de 2015

Capítulo 60: En cierta ocasión, durante uno de sus vagabundeos...


60


         En cierta ocasión, durante uno de sus viejos vagabundeos por la ciudad, Gabriel había contemplado, en el escaparate de un chamarilero, una litografía que recreaba el aspecto de la ciudad en los tiempos del medioevo. La estampa representaba una escena de mercado callejero, quizá un tanto idealizada: no se apreciaba la mugre de las paredes ni el barrizal que, con seguridad, cubría el suelo en aquella época lejana y poco higiénica; desde luego, tampoco era posible olisquear los efluvios de esa falta general de limpieza y de los numerosos detritus de origen humano y, sobre todo, animal, que se debían de acumular por todas partes, puesto que a la cabaña ovina, bovina y caprina que en la estampa era objeto de transacción, se le añadían unos cuantos perros y gorrinos que merodeaban por el mercado para zamparse las sobras que cayeran a tierra. Por si fuera poco, también había que tener en cuenta los corceles que montaban unos nobles caballeros –sin duda de noble estirpe- que observaban la escena con risueña displicencia, ajenos al hecho de que sus caballerías –en la vida real, claro, nunca en una litografía- debían de soltar unas bostas de cuidado.
         Obviando los detalles malolientes, sin embargo, la escena que se encontró Gabriel al llegar a la plaza de San Provecto semejaba bastante a la estampa de la chamarilería: la plaza estaba atestada, por toda su extensión, de gentes que habían ido acudiendo allí, al punto más elevado de la ciudad, en busca de refugio ante la inundación y los barruntos de desastre. Muchos habían levantado lonas y tendezuelas –e incluso algún chamizo que otro- para protegerse de la lluvia. El conjunto resultaba aún más colorido y abigarrado por la presencia de los carromatos y las jaulas del Gran Circo Goldoni, que había tenido que evacuar el cerro del Calvario pero sin tampoco poder marcharse hacia latitudes más halagüeñas. Aquella promiscuidad de campamento zíngaro era, no obstante, engañosa y cada cual defendía su parcela, en medio de tal batiburrillo, con uñas y dientes. De hecho, Gabriel no lo tuvo fácil para abrirse camino hasta la entrada de la catedral. Los improvisados hogares, los obstáculos varios y las malas caras que recibía por saludo de las gentes, según se iba acercando al predio de cada cual, le obligaron a avanzar serpenteando, de forma incoherente, hasta que se encontró arrinconado contra el hedor de uno de los carromatos circenses, contra una muralla de tablas reforzadas, al otro lado de las cuales surgió el inopinado rugido de una fiera, antes de un golpe fuerte contra el costado del carromato que espantó al chico y le impelió a huir hacia la catedral con más decisión, sin preocuparse de pasar o no por medio de los vivaques, bordeando fogatas, saltando por encima de los enseres y los niños dormidos, empujando y evitando los zarandeos y los insultos, hasta presentarse, por fin, frente a la casamata que protegía el pórtico de la catedral, asediada, aun a esas horas, por una multitud que pretendía entrar al templo, buscando amparo.
_ ¡Obdulio! –gritó Gabriel, al distinguir el rostro avinagrado del sacristán detrás de la línea de guardias que custodiaban el acceso- ¡Obdulio, ¿no se acuerda de mí?! ¡Déjeme pasar!
         El sacristán, al oírse llamar, oteó sobre las cabezas tricorneadas de los guardias con cara de pocos amigos y de menos ganas aún de hacer favores. Cuando ya iba a retirar la mirada, el chico alzó la mano, por encima de la barrera de individuos que tenía delante, para atraer su atención, y entonces el sacristán –quizá a su pesar- hizo gesto de reconocerle.
_ ¡Obdulio, déjeme entrar! –insistió Gabriel-. ¡Traigo un recado para el deán!
         El sacristán dudó, visiblemente, pero al fin, por si acaso, le musitó unas palabras a uno de los guardias, antes de trazar un gesto cansino hacia el muchacho, para que se acercara.
_ Ya ves cómo estamos, chaval –le gruñó a Gabriel cuando éste consiguió traspasar el cordón de la autoridad, en medio de los vituperios de los que también trataban de entrar y no lo conseguían-: yo no sé qué les ha dado a todos, pero si no fuera por los guardias, ya nos habrían arrasado, estos bárbaros…
_ Ya veo –el chico lanzó aún una mirada huidiza pero aliviada hacia la plaza.
_ Tenemos ya la catedral repleta de gente, ¡como pa dejar pasar también a estos zarrapastrosos! –continuó Obdulio, sin enderezar el rictus torcido de su boca-. Bueno, y tú, ¿qué es lo que tienes que decirle al deán?
_ Pues.... se trata de un mensaje de la mayor importancia… –el sacristán enarcó una ceja con aire desconfiado, así que Gabriel se creyó obligado a añadir-: de parte del señor Obispo.
         Obdulio alzó entonces la otra ceja, ya completamente incrédulo.
_ ¿Del obispo, dices? Pues dámelo a mí y yo se lo daré al deán.
_ No puedo… -contestó Gabriel, no sólo pillado en falta, sino sabedor de que el otro sabía que él lo sabía-; me…me han ordenado que le dé el recado… en persona…
         El sacristán se encogió de hombros, aburrido ya de oír excusas de todo el mundo.
_ Está bien, hazlo tú mismo… Total, igual da uno más o menos, ahí dentro…
         Gabriel logró paso, por tanto, sin más problemas y se dirigió hacia la portada del templo, desde cuyo tímpano las figuras de los santos le miraban con una severidad tal vez simulada. A pesar de lo que le había advertido Obdulio, no se esperaba encontrar, cuando abrió la puerta de la caja de la catedral, toda aquella muchedumbre abarrotando las naves, la girola ya hasta el coro de los canónigos. A primera vista, la única zona de la catedral que había quedado libre de la invasión de refugiados del diluvio era el altar mayor, desde donde el deán y el padre Serafín trataban de organizar, con inciertos resultados,. Aquel maremágnum de gentes que con sus vástagos y hasta sus animales –aquí y allá se veían algunas gallinas picoteando quién sabe qué porquerías del suelo- habían tomado al asalto bancos y pasillos, que dormitaban apoyados en los reclinatorios y se peleaban en las capillas, delante de las mismas narices de santos y vírgenes, quienes asistían a esas escenas con todo el estupor que les permitían mostrar el yeso o la madera. De la misma forma que los numerosos Cristos que jalonaban las estaciones del vía crucis se veían obligados a aspirar no ya el tufo de aquella imprevista humanidad, sino también los humos de sus fogatas y el aroma de sus guisos, sin poder hacer otra cosa que soñar con arrugar la napia; o a soportar los berridos de los rorros y los chillidos de sus hermanos mayores, pues sus manos, amén de ser de palo o marfil, se encontraban clavadas eternamente a sus cruces, imposibilitadas para tapar los torturados oídos.
         Menos sufridos se mostraban los canónigos como el padre Sagredo o don Demetrio, que avanzaban, a duras penas, por una de las naves, tratando de escapar de aquella purria maloliente que, en realidad, constituía la grey  que el Señor había puesto a su cargo.
_ ¡Hay que ver a lo que hemos llegado, Padre! –se quejaba el lectoral entre dientes (por si alguno de los refugiados le escuchaba y se lo tomaba a mal)-: ¡La catedral, la casa del Señor, convertida en hostal de peregrinos… o qué digo,  en lazareto, casi…!
_ La culpa es del deán, que es un hombre sin carácter –gruñía el magistral, as u vez, mientras esquivaba a unos chiquillos que querían agarrarse a los faldones de su sotana, por ver si les caía algo-;  lo que tenía que haber hecho era echar a toda esta gente a zurriagazos, desde el primero que se presentó hasta el último, como hizo Nuestro Señor Jesucristo con los mercaderes.
_ Y usted que lo diga, Padre…
_ Con otro deán esto no habría pasado, eso se lo aseguro… En fin, a ver si, por lo menos, logramos llegar a la rectoría y nos refugiamos allí… Eso, si no ha sido tomada también por una horda de… ¡Santo Cielo, qué es esto, si puede saberse! -el padre Sagredo volvió la cabeza para contemplar, despavorido, como ahora era una cabra, negra como el aliento de Satanás, la que se le había enganchado al manteo, dispuesta a devorar esa prenda o cualquier otro objeto que le pareciese comestible-. ¡Don Demetrio, quíteme a este engendro de encima, por el amor de Dios!
_ Ya lo intento, ya… -mintió el lectoral, manteniéndose a una respetuosa distancia, pues siempre había considerado a los bichos como aquél poco menos que avatares del Maligno. Así, pasaron por delante de Gabriel: el padre Sagredo llevando a rastras la cabra, que no hubiera soltado aquel bocado ni por el más oloroso pasto del mundo; don Demetrio siguiéndoles con precaución y, detrás de ellos, el dueño  del animal, indignado con esos curas que trataban de birlarle la cabra, con la intención, seguramente, de cenársela esa noche…
         Una vez desaparecido aquel alboroto, el muchacho se centró en buscar a Ágata entre semejante muchedumbre. Embebido por aquella misión, a punto estuvo de tropezar con unas personas se habían aposentado junto a una pila de agua bendita (desecada ya y convertida en un improvisado ponedero para las aves de corral que pululaban por allí). Gabriel agachó la cabeza para pedir disculpas cuando, para su sorpresa, se encontró con que había estado a punto de caerse sobre su profesor de ciencias, don Eliseo Valle, que se había recostado contra una de pilastra, al lado de un hatillo informe –compuesto con un mantel a cuadros que el chico no dejó de reconocer como aquél sobre el que dormitaban él y, sobre todo, los gemelos Padilla- y de su recortada esposa, la supuesta ex-monja. Gabriel se echó hacia atrás sin perder un segundo, avergonzado por el pudor ajeno y propio, y don Eliseo no llegó a darse cuenta de su presencia. O quizá sí, porque el muchacho, desde detrás de la pila, todavía oyó disertar al profesor, como si hablara para sí o le impartiese una última lección a un alumno anónimo:
­_ Gutta cavat lapidem non vid sed saepe cayendo… la gota agujerea la piedra, no por la fuerza, sino por la constancia…
         Finalmente, Gabriel se alejó de su preceptor y consiguió avanzar hasta el centro, más o menos de la nave principal, sorteando todo tipo de obstáculos. Allí logró encaramarse sobre un banco, por encima incluso de una familia de extensa prole que se lo había apropiado como nuevo domicilio. Desde esa posición, haciendo caso omiso a los improperios que le dedicaba la familia, el chico oteó sobre la multitud, pero, por más que miró y remiró, a derecha e izquierda, arriba y abajo, no consiguió dar con Ágata. Iba ya a desistir cuando, de pronto, creyó distinguir un rostro conocido: nada menos que el chófer Necrosio, que se dirigía hacia el rincón donde se alineaban los confesionarios. Gabriel se apresuró a bajar, de un salto, pisoteó los juguetes de corcho de la chiquillería y se precipitó hacia donde se vislumbraba el cogote afeitado del chófer, aunque al acercarse más a los confesionarios, avanzó con cautela e incluso se escondió tras uno de ellos, para evitar que Necrosio se diera cuenta de su presencia. Éste, de todos modos, bastante ocupado se encontraba defendiendo su puesto en una fila de individuos que se desplegaba ante otro de los confesionarios. Aunque estas personas no aguardaban su turno para obtener el perdón y la absolución de sus pecados, sino porque allí había establecido su consulta la adivina Cleopatra, que estaba haciendo su agosto con aquel enjambre de cuitados y desesperados de la Fortuna.
         Procurando no dejarse descubrir por el temible chófer y tampoco perderlo de vista, por si acaso, Gabriel espió desde su escondite, tratando de dar, de una vez por todas, con la ansiada figura de Ágata, pues era de suponer que no andaría muy lejos del hombretón. Absorto en esa tarea, casi no se sorprendió al oír que alguien intentaba llamar su atención:
_ Chisst… Eh, rapaz, escúchame…
         El muchacho miró a su alrededor, pero no encontró ningún rostro conocido, ni tampoco el de nadie que le estuviera observando a él.
_ Aquí, rapaz, no te me despistes… -insistió aquella voz (que además le resultaba conocida). Gabriel volvió de nuevo la cabeza a un lado y a otro, pero seguía sin descubrir quien le llamaba. En éstas, se entreabrió el portillo confesonario y apareció la jeta desconfiada de Beira, el sepulturero.
_ ¿Qué tal, rapaz? Tiempo sin vernos, ¿eh? –saludó al boquiabierto muchacho-. Oye, hazme un favor: haz como si confesaras, y así podremos hablar sin problemas. No quiero que me descubran, ¿entendiste?
         Volvió a cerrar la portezuela del confesonario y aguardó dentro en religioso silencio, como si se tratara del mismo penitencial. Gabriel, aunque no tenía gana alguna de verse enredado con los desvaríos del enterrador (otro prófugo de la justicia, por si fuera poco), en vez de seguir buscando a Ágata Urbide (indudablemente, mucho más agraciada), no pudo resistir la tentación de arrodillarse frente a la rejilla, como si fuera un fiel anhelando la expiación de sus pecados.
_ Ave María Purísima, Padre… -saludó
_ Oye, déjate de chanfainas, que no estoy aquí pa esas chuflas –respondió Beira, sin ocultar un tono enojado-. Dime una cosa, en cambio: ¿Tú viste por ahí al sucomisario o alguno de sus guindillas?
_ ¿Cómo? No, solo hay unos guardias custodiando la entrada de la catedral, pero se han quedado fuera, para que no se cuele  nadie más… Oye, Ramón, ¿por qué te escapaste? –se atrevió a preguntar el chico.
_ ¿Y qué querías que hiciera, si me iban a endosar la muerte de una pobre putiña? –se excusó la voz quejumbrosa de Beira, tras la rejilla-. Porque yo seré un hereje, que me llamaron o un mala sombra, que dicen otros, pero asesino, nunca… ¡Eso no!
_ Te creo, de veras… -se apresuró a tranquilizarle Gabriel, no fuera a ser que aquello del asesinato resultase ser cierto (lo cual, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos que había vivido, tampoco le resultaba difícil de imaginar). De cualquier modo, la atención del chico estaba más puesta en la búsqueda de Ágata que en las desventuras del enterrador, así que trató de largarse de allí sin provocar su ira-: Bueno, te prometo que no le diré a los policías que te he visto… yo también prefiero mantenerme alejado de ellos. Aunque ahora, si me disculpas, tengo que encontrar a alguien que…
_ Espera, rapaz, no marches aún… -le conminó todavía Beira, siempre oculto-. ¿No viste, por casualidá, a un tipejo gordo y sucio, un porcallán que lleva una rueda de afiador?
_ ¿Un afilador? Pues no, la verdad…
_ Pues si lo ves, avísame, ¿quieres?, que tengo que ajustarle las cuentas a ese malnacido…
_ De acuerdo –concedió Gabriel, que lo mismo hubiera dicho si el enterrador le hubiese preguntado por Rodolfo Valentino o el emperador de la China-. Pero, si no te importa, yo tengo que…
_ Se trata de un traidor chamado Bruma –continuaba Beira, sin importarle ser o no escuchado-, que se decía mi amigo… ¡Maldita sea su estampa! Fui con él para pedirle ayuda, cuando escapé del camposanto y el muy charrán díjome que sí, que me escondería en un lugar seguro que él sabía, y cuando me dejó allí resultó ser una vaquería abandonada porque estaba ya medio inundada, ¿sabes, rapaz? Pues resulta que en ésas vi aparecer a los guardias, porque el muy canalla vendiome en cuanto me quedé solo… ¿Viste  tú alguna vez sinvergonzada semejante? Escapé por los pelos, ¿eh?, por un bujero que había nel tejado y por el que entraba más chuvia que la que quedó afuera, dicho sea de paso… si no, no lo cuento… ¿Qué te pareció el muy gocho, eh, rapaz? ¿Me oíste?
         Beira, al no obtener respuesta, abrió, con cautela, la portezuela del confesionario, para encontrarse con que Gabriel ya no estaba allí. El chico, mientras soportaba la murga del sepulturero, se había distraído contemplando cómo, allá en el transepto de la catedral, un grupo de circenses –que hubiera debido reconocer como los hermanos Flündheim- entretenían al personal efectuando volatines variados y levantando torres humanas con el uso exclusivo de sus bien entrenadas anatomías. De pronto, Gabriel creyó advertir, entre el público que se divertía con el espectáculo, una silueta, una sonrisa, incluso una mirada conocida, y se levantó, como impulsado por un resorte, para dirigirse hacia allí, dejando a Beira seguir con su tabarra.
         Le costó abrirse paso hasta ese lugar, pues buena parte de los refugiados en la catedral se habían arremolinado allí para deleitarse –más aún, puesto que les salía de gañote- con un entretenimiento célebre en el mundo entero  y del que ya habían disfrutado en las principales urbes y en las cortes de media Europa. Al menos, ése era el argumento que el signor Goldoni, haciendo gala de toda su elocuencia, aducía ante el deán para intentar que éste les permitiera pasar la gorra entre el respetable público, y así resarcirse, cuando menos en una mínima parte, de las pérdidas que le había supuesto al Gran Circo que llevaba su nombre y que él tenía el honor de dirigir, aquella desgraciada circunstancia que… El deán, que no podía permitir que su catedral, además de en refugio de desheredados, se convirtiese en teatro de variedades o incluso algo peor, pero que tampoco podía hacer nada por evitarlo, tal y como estaban las cosas, se desesperaba negando ante la insistencia de aquel extranjero tan extravagante y rogando al Cielo porque aquella desgracia adicional que le había caído encima se largase con la música a otra parte.
         Aunque cerca de tan curiosa escena, Gabriel ni se percataba de ella (ni tenía el más mínimo interés), sino que toda su atención estaba puesta en la nuca de una muchacha que se encontraba delante de él, que aplaudía y dejaba llevar por la risa, agitando las ondas de un cabello que se parecía sobremanera al de…
_ ¿Ágata? –preguntó Gabriel, temiéndose un chasco (cosa nada rara, a esas alturas). La muchacha, al oírle, se dio la vuelta y le sonrió, mostrando una expresión de cierto regocijo, peo nada de sorpresa.
_ ¡Ah, eres tú! –exclamó Ágata, como si hiciera tan sólo unos minutos que se habían encontrado por última vez (precisamente, en aquella misma catedral)-. ¿Has visto qué divertido es esto? Nunca pensé que lo pudiese pasar tan bien, en este sitio y en una situación así…
_ ¿Ágata, estás bien? –se preocupó Gabriel, puesto que el humor tan animoso de la joven no le parecía normal, dadas las circunstancias.
_ Sí, estupendamente, ¿por qué no iba a estarlo?
_ Pues, después de lo que ha sucedido…
_ ¿Cómo? ¡Ah, quieres decir por lo que sucedió en el teatro! –la muchacha perdió por un momento la sonrisa, antes de proseguir-. Fue algo terrible, pero prefiero no pensar en ello… Además, me lo estoy pasando tan bien aquí… no sé por qué tienes que venir tú a aguarme la fiesta…
         Ágata dio media vuelta para seguir contemplando a los acróbatas, dejando a Gabriel con un palmo de narices. Sólo entonces el chico se dio cuenta de que ella ya no llevaba el brillante vestido de noche que le había deslumbrado al verla entrar en el Gran Teatro, sino una falda oscura y una sencilla blusa, con el cabello recogido con una cinta. No parecían las ropas propias de Ágata Urbide, y el muchacho se peguntó qué le habría sucedido desde el atentado de la otra noche. De cualquier modo, tampoco tenía tiempo para elucubraciones: no podía arriesgarse a que volviera Necrosio y le sorprendiera acosando a su señorita, teniendo en cuenta cómo se las gastaba el chófer, así que agarró a la joven por el brazo y la obligó a darse la vuelta.
_ Ven conmigo –la conminó -; tenemos que hablar, tú y yo.
         Quizá fuera por la sorpresa de ese imprevisto comportamiento de Gabriel, tan poco acostumbrado en él, o simplemente porque a Ágata la divertía seguirle el juego cuando el chico pretendía ponerse dominante (así había sucedido, al menos, la otra vez que se habían visto en la catedral aunque hubiera resultado difícil decidir quien había marcado los pasos del baile en aquella ocasión); el caso es que la joven se dejó llevar sin protesta alguna , a través de la muchedumbre acampada en el templo, hasta un lugar más tranquilo -y más lejos de necrosis- que resultó ser un rincón cercano a la sacristía, protegido por el sepulcro de Lope Miguélez (ya sólo le faltaba aguantar aquel cuadro, al pobre gentilhombre).
_ Desde luego, sabes cómo ponerte pesado… -le dijo Ágata al muchacho, sin obviar cierto tono desdeñoso (pero sin mostrar un excesivo desagrado), cuando aquél le hubo soltado el brazo-. Si piensas que esto es lo que nos gusta a las chicas, siento decirte que te equivocas.
_ Escúchame, Ágata –la interrumpió Gabriel, sin prestarle atención, aunque sin tampoco saber muy bien por dónde continuar. Se sentía obligado a contarle a la joven lo que había sucedido con su padre, pero no tenía ánimos para hacerlo; por lo tanto, trató de abordar el tema dando un pequeño rodeo-: ¿Qué… qué es lo que vas a hacer, a partir de ahora?
_ ¿Cómo dices? –la muchacha quedó un poco desconcertada con la pregunta, aunque tal vez más decepcionada por el tono de preocupación que por lo desapasionado de la pregunta en sí-. ¿Y por qué quieres saberlo tú, de todas formas? ¿Es que quieres venir conmigo?
_ No, escucha… -continuó Gabriel-: tu padre…
_ Vendrá a buscarme en cuanto resuelva unos asuntos en casa –explicó Ágata-, así que será mejor que no te vea rondándome, n’est-ce pas? No creo que le fuera a hacer mucha gracia…
_ ¿Y si no viene?
_ Oh, entonces Necrosio tiene órdenes de llevarme hasta un lugar seguro y allí él se reunirá con nosotros… -Ágata varió ligeramente el tono, hasta ese momento despreocupado (si no frívolo), para continuar-: Si no llega a ser por papá, no lo cuento en el teatro, ¿sabes? No te puedes imaginar lo que fue aquello…
_ No, yo estaba fuera –Gabriel admitió el giro de la conversación con cierto alivio.
_ Pues no sabes cómo te envidio… -murmuró la joven-. Yo daría cualquier cosa por borrar de mi  memoria ese momento; no el de la explosión, en realidad, sino lo que vino después: el gentío agolpándose contra las salidas, como animales acorralados, los… miembros desperdigados, los cuerpos destrozados que flotaban en el agua…; la sangre había salpicado hasta los lugares más inesperados, ¿sabes?, embadurnado el terciopelo de las butacas, el entelado de las paredes, mi propio vestido…
_ Ágata…
_ ¿Quién pudo hacer una cosa tan horrible? –preguntó la joven, con la mirada desencajada-. No puedo concebir qué tipo de gente sería capaz de algo así…
         Gabriel calló, avergonzado: él no sólo era capaz de imaginar a tales individuos, sino que les conocía, había huido con ellos y les había llegado a prestar ayuda (aunque fuese por obligación). Incluso podría decirse que se había convertido en el cómplice de unos asesinos: después de todo, Urbide estaba muerto porque él había conducido a los anarquistas hasta su casa…
_ Pero ahora lo que importa es olvidarse de todo eso, ¿no te parece? –concluyó la chica, recuperando la sonrisa-. Venga, ven a ver la actuación de los del circo y después ya nos preocuparemos de que hay que hacer…
         Fue ahora Ágata la que tiró del brazo de Gabriel. No obstante, el chico, por más que lo deseara, no se dejó arrastrar: se sentía aún obligado a informar a la joven sobre la muerte de su padre, pero los sonidos no acababan de salir de su boca. Ágata, interpretando de forma equivocada esta renuencia, le soltó el brazo, se encogió ligeramente de hombros y, sin dejar de sonreír, le dio la espalda para marcharse a ver el espectáculo.
Incapaz de reaccionar, Gabriel se quedó como pasmado, quieto es el sitio contemplando cómo la joven que tan desesperadamente había buscado ahora se iba cimbreando entre la gente, cada vez más lejos. Por más que se esforzara, el cuerpo y la mente del muchacho no conseguían aunarse del todo, después de ese momento de extrañamiento, cuando una voz conocida le sacó de una vez de la inopia, pero a cambio de acaparar su atención.
_ Ay, rapaz, cómo son las mociñas, ¿no te parece?
         El chico miró en derredor –a su pesar-, hasta que, al final, encontró la cabeza de Beira asomando al otro extremo de la tumba de Lope Mígueles de Castroviejo.
_ Mira, te perdono que me dejaste con la palabra en la boca, como quien dice –continuaba el enterrador, guiñándole un ojo con un resultado poco afortunado-, porque la rapaza lo vale, ¿eh?, pero escúchame bien y hazme caso, que yo sé de esto: sempre hay que andarse con ojo coas mulleres, ¿entendiste?, aunque sea con una señorita como ésa. O, si me apuras, diríate outra cosa: más ojo aún con las que son señoritas…
_ Lo tendré en cuenta –musitó Gabriel, poco interesado en mantener otra conversación con el sepulturero-. Ahora, si no te importa…
_ ¿Ánde vas, rapaz? –Beira salió de su rincón y detuvo al muchacho antes de que se marchara tras Ágata-. Oye, aguarda, que entoavía he de comentarte otra cosa… ¿me escucharás?
Gabriel, en parte por temor a lo que pudiera hacerle aquel hombre, de llevarle la contraria; en parte por su propia debilidad de carácter –que le impelía a dejarse moldear, estirar y hasta trefilar por cualquiera con algo más de decisión o energía que la que poseía él-, asintió resignado y se quedó a aguantar lo que tuviera que contarle Beira.
_ Mira, necesito tu ayuda, compadre –el enterrador había subido de categoría al chico, por lo visto, con la evidente intención de halagarle, pero éste no mordió todavía el anzuelo. Otro majara que quiere que le ayude, pensó. En fin, mientras la cosa no acabe como con aquellos otros locos… Pero de momento, volvió a asentir, sin abrir la boca y continuó escuchando la cháchara de Beira-: Ya te dije que yo no maté a la chica, ¿me oíste?, pero me paice que nadie más va a creerme, o que no tendrán intención de hacerlo, en ningún caso… ¿comprendes, rapaz? Por eso víneme aquí, pa ocultarme, porque acordeme del padre Balbino y de todo lo que hizo por mí… Pero vaya, me da en la nariz que si vienen a por mí me encontrarán igual, ni aunque me quede dentro del confesonario,  ¿no crees?, así que digo yo que tú, que sempre andabas con el padre, bien podías decirme dónde esconderme aquí, ¿no?, que seguro que tú conoces la catedral como la palma de tu mano… ¿qué me dices, rapaz?
         El muchacho parpadeó un par de veces, indeciso, y luego se limitó a señalar la puerta que se encontraba frente al sepulcro.
_ ¿Qué me dices de la sacristía? –preguntó-. ¿No te parece buen sitio?
         El enterrador negó con la cabeza, contrariado.
_ ¡Ca, eso ya lo pensé yo! Pero esos canónigos o el amargo del sacristán, no sé, cerraron con llave cuando empezó a entrar toa esta xente…
         El muchacho reflexionó entonces con más detenimiento; después de todo, lo cierto era que a él también le podía venir bien tener previsto un refugio, por si aparecían por allí los agentes de la ley.
_ Yo creo que el mejor lugar sería la torre -concluyó-; hay un montón de recovecos donde esconderse y, además, no creo que a los policías les apetezca mucho subir escaleras…
_ ¡Eso es, rapaz, tú lo has dicho…! –se entusiasmó ahora Beira (dentro de su carácter, en general cenizo, por supuesto)-. ¿Y ánde está la entrada de la torre ésa, pues?
         Gabriel le indicó el otro extremo de la catedral, donde se encontraban los pies de las naves.
_ Allá, a un lado de la entrada principal. Si encuentras la puerta cerrada, no te preocupes: empuja con fuerza y se abrirá.
_ Gracias, compadre, te aseguro que no lo olvidaré –Beira trató de sonreír, pero la falta de costumbre le obligó a desistir. Aunque enseguida volvió por sus fueros-: Pero oye, ¿tú estás seguro de eso? Porque mira que si aluego resulta que está cerrada, yo…
_Compruébalo, si quieres –se encogió de hombros Gabriel, hastiado ya de aquel tipo-. Yo he subido cientos de veces…
_ De acuerdo, mozo, te creo… -se mostró conciliador Beira, pero sin cejar en su idea-. Aunque, mira, por si acaso, voy a ir a asegurarme… No por nada, pero ya sabes lo que dicen del home prevenido… ¿comprendes?
         El muchacho no sólo se mostró de acuerdo, sino encantado de quitarse de encima al sepulturero –aunque se abstuvo de compartir con él lo que pensaba, ciertamente- y al fin se vio libre para emprender la búsqueda de Ágata, por enésima vez. Entretanto, al espectáculo circense se le había sumado un acompañamiento musical: la sin par Genoveva Cressi, refugiada también ella, junto al resto de los supervivientes de la compañía (del señor Arístides Pastrana y del profesor Torrese, por desgracia, nada se sabía desde el atentado), no Pudiendo resistir por más tiempo, como buena diva, no ser el centro de atención, se había subido a uno de los púlpitos, haciendo gala de la majestuosidad adquirida durante tantos años de pelea en la arena operística,  y desde allí se había lanzado a entonar, con su maravillosa voz, el “Deus ti salvet, Maria” (pues la diva, aunque romañola de nacimiento, tenía corriendo por sus venas más de un chorro de sangre sarda):

                                 Deus ti salvet, Maria
                                 chi ses de gratias piena
                                 de grati ses sa vena
                                 e sa currente

                                 Su Deus Omnipotente
                                 cum tegus est istada
                                 pro chi t’hat preservada
                                 inmaculada.

_ Bella, bellisima –murmuró Romero dell’Alto, con la boca llena, pues se encontraba recostado junto al coro, dando buena cuenta de una longaniza-, ma, forse, un pó fuora di tono…
         El deán, aunque fuese hombre culto y sensible al placer de la música (que no lo era), no podía permitir semejante guirigay en su catedral, con los volatineros –y lo que era aún peor: Giacomino y el mono Guadalberto sembrando el caos entre el gentío- por un lado y la cómica gorda soltando gritos por el otro. Y estaba ya dispuesto a pedir ayuda a la Benemérita, al Ejército o a quien hiciera falta para que disolviera a tiros a aquella caterva, sino le hubiesen estado obstaculizando a cada paso con peticiones, diversas, naderías y chinchavainas:
_ Lo lamento, don Prudencio, pero por muy notario que usted sea, eso no me obliga a proporcionarle alojamiento ni posada, que esto no es un ventorro de carretera, qué narices…-discutía el infeliz deán en ese momento-. Es más, lo que debería hacer es echar a todo el mundo a la calle a patada limpia, que entre todos me están convirtiendo la catedral en una verbena…
_ ¡Por Dios, Padre –protestó el notario Casalatorre-, no pretenderá usted comparar a la gente de calidad, con… el simple populacho!
_ Pues le voy a decir una cosa –replicó el deán, quien, después de toda una vida siendo un hombre templado, sentía cómo iba perdiendo el dominio de sus nervios de manera irremediable-: a mí ya me da igual quién es marqués o quién limpiabotas. Lo que me gustaría es mandarles a todos a la…
_¡Conténgase, Padre, que estamos en la casa del Señor! –intervino el padre Serafín, que se había puesto al quite para evitar males mayores-. Recuerde sus votos, además… y la responsabilidad de su cargo.
_ Ya, pero es que me buscan la boca, y uno no es el santo Job…
_ Déjalo, Prudencio, que no hay nada que hacer –apaciguó, por su parte, doña Gertrudis a su congestionado esposo-. Mejor buscamos a algún conocido que nos pueda ayudar.
_ De acuerdo, pero ya hablaré yo con el obispo, ya… -amenazó todavía el notario hacia la tonsura del deán, que se había marchado sin despedirse-; se va a enterar el curita éste de quién soy yo… habrase visto tal…
_ ¡Caramba, ustedes por aquí, qué feliz coincidencia! –les saludó entonces una voz harto conocida-. ¡Qué contento se va a poner mi Procopio cuando les vea!
_ Buenas noches, doña Conchita –se resignó a corresponder doña Gertrudis, cuando se dio la vuelta para encontrarse con el rostro sonriente de la esposa del perito Posada-, aunque no sé si esta situación puede calificarse como feliz…
_ ¡Oh, claro que no, no me refería a eso! –se apresuró a explicarse doña Conchita-. Quiero decir que es agradable encontrarse con alguna amistad en medio de todo este barullo.
_ Si usted lo dice… -gruñó el notario, aún escocido por el trato que le había dispensado el deán 8y pasando por alto el haber sido considerado como “amistad” por esa señora).
_ Pero díganme, ¿ya han encontrado ustedes acomodo? –se interesó de inmediato doña Conchita.
_ Pues… lo cierto es que no –se vio obligada a admitir doña Gertrudis-. Pensábamos que las autoridades habrían reservado un espacio para la gente… notable de la ciudad, pero…
_ Pero les da lo mismo un notario que un haragán de la calle, por lo visto… -se quejó don Prudencio, siempre con el gesto agrio.
_ ¡Qué me dice! Bueno, nosotros nos hemos podido establecer por ahí detrás, en la capilla de Santa Clodovea, junto a unos primos de Procopio, que llegaron aquí de los primeros… les informó doña Conchita, siempre animosa-. Todavía nos queda sitio si nos apretamos un poco… siempre que a ustedes les apetezca mi propuesta, claro…
_ Pero es que…
_ Parecerá que estamos en un campamento gitano, la verdad, pero ya verán qué divertido… Bueno, ¿qué me dicen?
         El señor notario y su esposa se miraron por un segundo y contuvieron al unísono un suspiro fatalista. Eran conscientes de lo que les esperaba, pero también de que no serían capaces de sobrevivir por sí solos en medio de la turbamulta que les rodeaba, menos aún si las cosas se ponían más feas…
_ Entonces, ¿qué quieren hacer? –insistió doña Conchita-: ¿se vienen conmigo?
_ Vaya usted delante, se lo ruego -concedió doña Gertrudis, conciente de su derrota-. Pero no corra mucho, por favor, que estamos fatigados y nos podemos quedar atrás…
_ Oh, no se preocupe –la tranquilizó la esposa del perito-: ¿ve usted?, si vamos enlazadas del brazo, ya no hay peligro de que nos separemos. ¿No le parece una idea estupenda?
_ Ideal, señora mía, ideal…
         De todas estas vicisitudes Gabriel era ajeno, ocupado como estaba en buscar a Ágata Urbide en medio del berenjenal en que se había convertido la catedral de San Provecto. La confusión reinante en ese momento –aún mayor que antes, si cabe- se debía, en buena medida, a que los músicos sobrevivientes al atentado, en parte por olvidar su ánimo funesto, pero también espoleados por el ejemplo de su prima donna –y bastante vivificados por la ración de grappa que el generoso Romero dell’Alto había tenido a bien compartir con el resto de la compañía-, se habían lanzado a interpretar canzonette y tarantelas de su tierra, que habían contribuido a elevar la moral de la concurrencia y aumentar el jolgorio. En consecuencia, a Gabriel le costó otro buen rato vislumbrar de nuevo la figura de Ágata y otro rato más llegar hasta donde se encontraba ella. Que además, para mayor engorro, estaba departiendo con un tipo delgado y con los antebrazos, que asomaban como lagartos por debajo de las mangas de su camisa, cubiertos de coloridos tatuajes. 
_ Ágata, tengo que hablar contigo –repitió el muchacho al encontrarse junto a ella. La joven le miró como si no le hubiera visto en la vida y el tipo de los tatuajes –que de cerca le resultaba más bien repulsivo- masculló unas palabras en una lengua que Gabriel ni entendió ni supo identificar, pero que no parecían corresponder a un espíritu amistoso. La muchacha, sin embargo, frenó a su interlocutor con un gesto que solicitaba disculpas, circunstancia que Gabriel interpretó como favorable y aprovechó para repetir su requerimiento.
_ Pensaba que ya habíamos hablado –replicó entonces Ágata, sonriendo con la mayor candidez-. Además, ahora estoy ocupada… Puede que me marche a Barcelona con el circo, ¿sabes? Allí esperaré a papá y, mientras tanto, viviré una experiencia interesantísima, ¿no te parece?
_ Pero… ¿cómo, tú sola? –Gabriel no pudo evitar que se trasluciera su perplejidad, unida a una desconfianza cada vez mayor hacia el individuo que se encontraba con la muchacha (y no dejaba de mirarla de soslayo con lo que parecían intenciones nada tranquilizadoras). Ya había  recordado de quién se trataba, por otra parte, y no pudo evitar que una bocanada de asco le subiera desde la boca del estómago: el tatuado no era otro que el contorsionista Slim, la serpiente humana.
_ Por supuesto que no; iré escoltada por Necrosio, claro está. Verás… -Ágata transformó su sonrisa con un mohín travieso-, es que, por lo visto, se ha enamorado de Cleopatra, la adivina, así que le parece de perlas que la acompañemos, claro… Es lo que ella le ha predicho, además… ¿No te parece  algo de lo más romántico?
_ Pues, lo cierto es que… -de nuevo, Gabriel se hallaba plantado delante de aquella chica, sin saber qué decir. Hubiera debido pedirle que le permitiera marchar con ella, alejarse de una vez por todas de aquella ciudad y de su propia vida, y comenzar una nueva con el circo, si era necesario (a pesar de la presencia inquietante, todavía allí detrás, del tipo de los tatuajes). Y creyó percibir, en la mirada de Ágata, por un instante, que también era eso lo que ella deseaba, que tan solo estaba esperando a que pronunciara esas palabras, u otras parecidas, para lanzarse hacia sus brazos definitivamente. Pero, para agrandar su propia desazón, le resultaba imposible decir aquello que quería y ni siquiera (o casi) lo que se sentía obligado a explicar-: Verás, Ágata, resulta que tu padre…
         La muchacha resopló, aburrida (quizás decepcionada).
_ ¿Qué ocurre con mi…? –pero no llegó a acabar la pregunta. Los supervivientes de la orquesta se habían lanzado a tocar una zarabanda y las gentes, ignorando cómo se bailaba aquella antigua danza, se habían enlazado de las manos para formar una cadeneta y brincar todos juntos por todo el crucero de la catedral. Al pasar esta alegre serpentina junto a Ágata, alguien la aferró y se la llevó junto a ellos. O tal vez fuera la chica la que se unió al baile, por su cuenta: Gabriel no se quedó a dilucidarlo, sino que tuvo el tiempo justo de saltar tras ella y agarrar al vuelo la mano libre. A su vez, alguien cogió la de Gabriel y éste quedó así prisionero, como un eslabón más de la cadena.
         Al ser una cadena saltarina y bailonga, en permanente movimiento, al muchacho no le quedó más remedio que acompañar él también aquella danza improvisada, formar parte de la sierpe que recorría el atrio de arriba a bajo, que atravesaba el transepto y ondulaba por la girola con un frenesí que acabó por contagiársele también a él. Por un momento, Gabriel olvidó la carga que había llevado encima desde el momento en que vio a Urbide derribado sobre la mesa; olvidó el estado de suspensión en que se encontraba su vida desde que había conocido a Ágata; olvidó incluso la insípida desidia que había sido casi toda su vida, y saltó y bailó también él, como si fuera lo único que había merecido la pena en toda su existencia.
_ ¡Qué divertido, ¿no te parece?! –Ágata se giró un instante hacia él y Gabriel, igual de sonriente, pero más sudoroso, no pudo hacer otra cosa que asentir con cierta convicción, mientras se decía a sí mismo que, en cuanto se terminara el baile, la abrazaría antes de que la joven pudiera decir otra cosa y la besaría hasta que lo único que ella deseara fuese que él no dejara de hacerlo. Pero, al mismo tiempo, no quería que acabase la música, ni tener que dejar de brincar y contonearse al ritmo que marcaba la cadena de la que formaba parte. Tan absorto se encontraba, tan sobresaltado por el baile y los empujones contra la gente que miraba dando palmas, que tardó en darse cuenta de que alguien le estaba gritando al oído.
_ ¿Qué? –Gabriel volvió ligeramente la cabeza, antes de reconocer la voz áspera de Beira royéndole la oreja.
_ ¡Atiende, mozo, que digo que ya están aquí! –se desgañitó el sepulturero, aferrado a los hombros del muchacho.
_ ¿Qué dices? –preguntó aún Gabriel, sin comprender nada-. ¿Quién está dónde?
_ ¡La policía, coño, quién va a ser! –respondió Beira-. ¡Vinieron por mí, maldita sea mi suerte!
         Gabriel miró alarmado a su alrededor, pero no vio ningún uniforme. Sin embargo, a la siguiente vuelta que dio la cadena danzante sí que pudo comprobar cómo unos agentes –todavía cerca de la entrada al templo, por fortuna- se encontraban examinando los rostros que asomaban entre la concurrencia, en busca, aparentemente, de algún fugitivo. Gabriel buscó una respuesta en Beira, pero éste ya se había descolgado de él y se había quedado muy atrás. La cadeneta, sin embargo, seguía bailando y brincando, dando vueltas por todas las naves de la catedral, culebreando entre los bancos y las pilastras, así que al final, acabó por volver al lugar donde se había agazapado el sepulturero.
_ ¿Les viste, rapaz? –le gritó Beira, mientras se ponía a su vera-. Vinieron por mí, eso seguro… pero escucha, no puedo llegar hasta la torre que dijiste… ¡Oye, tú, deja ya de danzar, coño!
         Gabriel no tenía gana alguna de dejar el baile y menos aún de soltar la mano de Ágata, cuando por fin sentía que ambos podían ir por el mismo camino –aunque fuera una sensación más propiciada por la excitación del baile que por otra cosa- y no seguir transitando por el rosario de desencuentros que habían tenido hasta ese momento. Pero a pesar de esta esperanza, en su ánimo se impuso el temor –no, más bien el pavor absoluto, el pánico- de que los policías no hubieran entrado allí en busca del enterrador, sino de él. Y, sobre todo, le asaltó una angustia insoportable al imaginar que Ágata pudiera enterarse, por medio de su detención, de la muerte de su padre y de que él había tenido algo que ver en el asunto. Así que, sin poder remediarlo, sin detenerse a pensarlo con más detenimiento, soltó la mano de Ágata y dejó de bailar. La joven movió ligeramente la cabeza, quizá sorprendida, pero de inmediato alguien agarró su mano libre y la cadena volvió a unirse, para alejarse retozando entre la gente.
         El muchacho se quedó un momento inmóvil, desazonado, pero enseguida una presencia, ya demasiado familiar, vino a sacarle de su aturdimiento.
_ ¡No pude pasar hasta la torre, rapaz! –le informó de nuevo Beira, acercándose (demasiado) a su costado, para gritarle mejor-. ¿E ara qué hago, dime?
_ ¿Crees que nos andan buscando? –preguntó todavía Gabriel, tratando de agarrarse al último clavo, aunque ardiese-¿No pueden haber venido por casualidad?
_ ¡Ca, si está incluso el sucomisario ése, el tal Feijóo! –respondió el sepulturero-. ¡Esos vinieron a por mí, eso seguro!
         El chico recorrió el templo con la mirada, buscando una vía de escape o, cuando menos, un posible escondrijo. Los agentes habían comenzado a registrar las naves desde los pies de éstas, por lo que tanto la salida a la plaza como el acceso a la torre del campanario estaban bloqueados. O quizás no…
_ Ven conmigo –le indicó al sepulturero, que miraba hacia todos los lados con gesto desesperado, temiendo que los guindillas le prendieran en cualquier instante; por eso no hizo el menor comentario ni objeción cuando el chico le reveló lo que podía ser una escapatoria:
_ Hay una puerta disimulada junto a una capilla del ábside –propuso Gabriel, mientras los dos se dirigían hacia la parte trasera de la catedral-. Si no recuerdo mal, ahí se encuentra una escalerita que lleva hasta el triforio.
_ ¿Y eso qué es?
         El muchacho señaló hacia lo alto.
_ Es esa galería que da toda la vuelta a la nave central –explicó, aunque no le quedó más remedio que aceptar una muda objeción-: Sí, ya sé que si miran hacia arriba pueden vernos, pero también que es la única manera que tenemos de llegar a la torre…
_ Lo que tú digas, rapaz –concedió Beira, siguiendo al chico-, pero como te confundas y nos encuentren, ya veremos cómo termina la fábula…
         Sin prestar atención a esta funesta predicción (o amenaza), Gabriel se acercó hasta una puertita camuflada hábilmente enana pilastra del ábside, bajo un altorrelieve que representaba a San Cleofás –de Tripolitania, no el de Emaús- venciendo al Maligno –que había adoptado, según la leyenda, la extraña figura de una centicora- gracias a su fe y a una providencial rama de fresno, surgido éste de forma milagrosa en pleno desierto. El muchacho, sin saber muy bien lo que hacía –tan sólo había presenciado en una ocasión cómo Obdulio realizaba tal operación- manipuló detrás de la cola del tritón demoníaco, hasta que encontró una palanquita que, al ser accionada, hizo saltar un resorte que liberó el cerrojo de la puerta.
_ Por aquí –le indicó Gabriel a Beira y el enterrador se aventuró por esa garganta que subía a oscuras, hacia las interioridades de la catedral. El chico, antes de volver a cerrar la puerta, se aseguró de que nadie se hubiera percatado de lo que estaban haciendo. Pero el personal no se había fijado en ellos, ya que por allí volvía la serpiente danzarina, infatigable (como infatigables parecían ser los músicos. Que enlazaban una pieza con otra), y todo el mundo estaba más ocupado de apartarse para no ser arrollado que de atender a otra cosa. Gabriel no pudo evitar echar una última ojeada hacia el júbilo de los bailarines, entre los que se debía de encontrar aún Ágata, pero no quiso esperar a verla. Y cerró la puerta a tiempo, pues por el otro lado de la girola aparecían entonces los agentes Osuna y Gordillo, seguidos del incombustible Feijóo, que habían entrado en el templo no, como él se temía, para detener a Beira, y mucho menos a Gabriel (de cuya existencia no tenían ni idea), sino en busca del ínclito Cordero.  Que no se encontraba allí, aunque eso, ellos no lo sabían.